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Restringir exportaciones de diésel a México sería un ‘balazo en el pie’ para EU

Restringir exportaciones de diésel a México sería un ‘balazo en el pie’ para EU

Retener hasta 1.5 millones de barriles diarios podría contener el precio, pero obligaría a las refinerías a reducir producción y presionaría la oferta de otros combustibles.

El diésel se ha convertido en uno de los puntos más delicados de la política energética de Donald Trump y en un riesgo para México.  

El presidente de Estados Unidos ha planteado restringir las exportaciones de este combustible para aumentar la oferta disponible dentro de su país y contener un precio que alcanzó niveles récord.  

México tendría que buscar otros proveedores para sustituir parte del combustible que hoy compra a refinerías estadounidenses, justo cuando la oferta internacional enfrenta mayores restricciones. 

Pero el efecto de una medida así no se limita al comercio entre ambos países.

Reducir las exportaciones de diésel podría aumentar temporalmente la oferta doméstica, pero también llevaría a las refinerías a reducir su producción.  

Como las plantas no producen diésel de manera aislada, una menor operación también reduciría la oferta de gasolina, combustible para aviones y otros derivados. 

Ese mecanismo es el principal argumento del sector petrolero estadounidense contra una restricción a las exportaciones. 

Para México, el riesgo sería doble.  

Habría menos combustible estadounidense disponible y, al mismo tiempo, una mayor presión sobre un mercado internacional que ya tiene menos margen para absorber nuevos choques. 

El diésel que Trump quiere retener 

Al 2 de octubre, el precio promedio nacional del diésel en Estados Unidos alcanzó 6.37 dólares por galón, frente a 5.68 dólares un mes antes, de acuerdo con la Asociación Automovilística Estadounidense.

El 22 de septiembre llegó a un máximo histórico de 6.53 dólares por galón. 

El incremento tiene un componente internacional.

La guerra entre Estados Unidos e Irán ha afectado la infraestructura y los flujos de petróleo y combustibles en Medio Oriente.

A esto se suman las restricciones asociadas a la guerra entre Rusia y Ucrania.

A esto se suman interrupciones de refinerías y menores exportaciones de algunos productores. 

Estados Unidos es uno de los principales proveedores de diésel para otros mercados porque su sistema de refinación produce más destilados de los que consume internamente.

S&P Global estima que las refinerías estadounidenses producen alrededor de 5.3 millones de barriles diarios de destilados frente a una demanda doméstica cercana a 3.6 millones. 

Ese excedente de producción es el que Trump busca mantener dentro de Estados Unidos.

La lógica inicial es que si una parte del combustible que actualmente se exporta permanece dentro de Estados Unidos, habría más oferta disponible para los consumidores estadounidenses y, bajo esa premisa, el precio debería disminuir. 

Carlos Pascual, vicepresidente senior y director de geopolítica y asuntos internacionales de S&P Global Energy, reconoce esa lógica, pero advierte que las refinerías no pueden ajustar su producción de diésel sin afectar al resto de los combustibles. 

“Si Estados Unidos pone un bloqueo a la exportación de 1.5 millones de barriles al día, se está sobreabasteciendo el mercado. Lo que van a hacer las refinerías es reducir la producción. Cuando reducen la producción de diésel, no se puede hacer solamente de un producto, sino de todos los refinados derivados. Por consecuencia, se va a reducir la producción de gasolinas”, dijo en entrevista con Expansión. 

El cálculo de S&P Global apunta precisamente a ese riesgo.

Una prohibición que dejara dentro del país hasta 1.5 millones de barriles diarios de diésel podría obligar a las refinerías a reducir sus corridas de crudo en cerca de 1.9 millones de barriles diarios, alrededor de 12%, para eliminar el excedente. 

La razón está en la propia operación de las refinerías.

Gasolina, diésel, combustible para aviones y otros derivados salen del mismo proceso.

Si el mercado estadounidense queda saturado de diésel y las plantas pierden compradores en el exterior, una de las respuestas empresariales sería reducir la operación. 

Estados Unidos podría conseguir inicialmente una mayor disponibilidad de diésel, pero a costa de reducir la producción de otros combustibles y presionar sus precios. 

México queda expuesto al diésel de EU 

Para México, la discusión estadounidense no se limita al precio internacional.

También implica un riesgo para el suministro, porque una parte importante del diésel que consume el país proviene de Estados Unidos. 

Entre enero y junio, México consumió en promedio 442,000 barriles diarios de diésel, de acuerdo con un análisis de Francisco Barnés de Castro, integrante del Observatorio Ciudadano de la Energía. 

De ese volumen, 273,000 barriles diarios fueron producidos en México, mientras que Pemex importó 74,000 y las empresas privadas otros 95,000 barriles. 

Las importaciones representaron 38% del consumo nacional durante el primer semestre.

De ese combustible importado, 98% tuvo como origen Estados Unidos. 

La dependencia también aparece desde el lado estadounidense.

México fue el principal destino del diésel estadounidense y recibió 96% de sus importaciones de este combustible desde refinerías estadounidenses en el año terminado en junio, según datos de comercio exterior recopilados por Trade Data Monitor y analizados por The Washington Post. 

Una restricción estadounidense tendría entonces dos vías de impacto para México.

La primera sería física, porque reduciría la disponibilidad de los barriles que actualmente llegan al país.

La segunda sería de precios, porque México tendría que competir por suministros alternativos en un mercado internacional que ya enfrenta una menor disponibilidad. 

La política contra la lógica de refinación 

El choque entre la política energética de Trump y la operación del mercado de refinación explica por qué la propuesta genera posiciones encontradas dentro de Estados Unidos. 

El sector petrolero sostiene que reducir las exportaciones no necesariamente bajará el precio del diésel y que, al obligar a las refinerías a recortar producción, la medida podría terminar aumentando el precio de la gasolina. 

El sector agrícola, en cambio, considera que una mayor cantidad de diésel dentro del mercado estadounidense permitiría reducir el precio para productores, transportistas y consumidores. 

“Los petroleros no van a estar preparados para hacer eso y van a responder a un mercado que corresponda al precio para cubrir el costo marginal. Ahí viene el debate. Yo no sé quién va a ganar. El presidente Trump ha dicho que está inclinado en la dirección de restringir las exportaciones, pero hasta este punto no he visto una decisión final que se haya tomado”, aseveró Pascual. 

La propia administración estadounidense ha mostrado que la decisión no es sencilla.

Después de que surgieran versiones sobre una prohibición de 90 días, la Casa Blanca negó que estuviera preparando un veto general.  

El secretario de Energía, Chris Wright, dijo que se analizaban alternativas para aumentar el suministro doméstico sin afectar los flujos de gasolina y combustible para aviones.

Posteriormente, el gobierno buscó que las refinerías aceptaran voluntariamente limitar sus exportaciones. 

La presión para intervenir aumentó después de que legisladores republicanos pidieran medidas para reducir el precio del combustible y de que los precios récord comenzaran a afectar a agricultores y transportistas. 

Eso no permite concluir que la política energética responda únicamente a las elecciones, pero sí muestra una coincidencia entre la presión sobre los precios y la proximidad de los comicios. 

El diésel tiene además una particularidad política.  

Su precio afecta directamente los costos de transporte de alimentos, mercancías y personas y es indispensable para actividades agrícolas, transporte de carga y buena parte de la infraestructura logística.

Por eso, una política que prometa aumentar la oferta doméstica puede resultar atractiva aunque sus efectos económicos de mediano plazo sean más inciertos. 

Seguridad energética más allá de las fronteras 

La discusión también plantea una pregunta más amplia sobre qué significa seguridad energética en un mercado expuesto a interrupciones internacionales. Las guerras y los cuellos de botella marítimos han mostrado que una interrupción localizada puede alterar los precios de mercados ubicados a miles de kilómetros.  

El riesgo no depende únicamente de la cantidad de petróleo o combustibles que produce un país, sino también de la capacidad para sustituir un suministro cuando una fuente deja de estar disponible. 

“Todos los países se están preguntando qué quiere decir la seguridad energética en el contexto que tenemos hoy en día, lo que ha pasado en el Golfo y la dependencia del petróleo y el gas. Con el peligro del Estrecho de Ormuz y del Mar Rojo, lo que se ha visto es que no se tiene que ser un país con un poder enorme para poder bloquear e imponer ese cuello de botella, pero sí es enorme la implicación que se puede generar”, aseguró Pascual. 

Bajo esta perspectiva, seguridad energética significa tener suficiente combustible disponible cuando ocurre una interrupción externa, pero también contar con proveedores alternativos, infraestructura, almacenamiento y una matriz energética capaz de sustituir una fuente cuando deja de estar disponible. 

El caso estadounidense muestra la diferencia entre autosuficiencia y resiliencia.

Estados Unidos produce suficiente diésel para cubrir su demanda interna y generar un excedente exportable.

Esa capacidad lo convierte en un proveedor relevante para otros mercados.

S&P Global calcula que una restricción podría dejar aproximadamente 1.5 millones de barriles diarios que dejarían de exportarse. 

Pero ese excedente también forma parte de la economía de las refinerías.

Las exportaciones no son simplemente combustible que sobra y puede almacenarse indefinidamente.

Representan demanda para las plantas estadounidenses y contribuyen a sostener sus niveles de operación. 

Por eso, una estrategia de seguridad energética no necesariamente consiste en cerrar las fronteras de un mercado.

También implica evaluar cuánto cuesta sustituir un suministro y qué efectos tiene esa decisión sobre el resto de la economía. 

“Hoy por hoy, la pregunta de los países y de las compañías debe ser cuánto me va a costar y qué impacto va a tener en la economía doméstica, en las residencias y en las industrias las alternativas que se tengan que buscar para garantizar el suministro”, añadió Pascual. 

Desde esa perspectiva, la resiliencia energética depende de diversificar proveedores y fuentes de energía, no solamente de retener la producción doméstica. 

Asia ofrece un ejemplo de esa estrategia.

Su elevada dependencia de combustibles extranjeros la llevó a buscar alternativas después de episodios recientes de interrupciones.

China ha incrementado tanto las energías renovables como el carbón, con hasta 80 GW desarrollados en los últimos años como respaldo frente a una eventual interrupción del gas natural.

Al mismo tiempo, se espera que para 2031 la mitad de su generación eléctrica sea limpia. 

“La evolución y resiliencia es crear portafolios internacionales, porque si tienes un derrumbe de producción en el Golfo, entonces de dónde pueden venir las alternativas de otras regiones y cuál es la posibilidad de diversificar su matriz energética”, concluyó el experto.